Él
entró, cargó a los pequeños y se los llevó.
Maldita aspiradora no le permitió advertir su llegada. Sin palabras, sin
dignidad, sin respuestas pero con una declaración de guerra, un cigarro y mucha angustia por quemar
quedó ella. Fue el encaje de un
puñetazo a su razón, Esta no es la justicia de Dios, pensó, y se lo planteó a la
fiscal del lugar, que aunque mujer, no escuchó su verdad,
A pecho de acero ha forjado el acusado
un bienestar en este pueblo y un cómodo hogar para sus hijos, prosiguió la acusadora, Bájese del barco de la mediocridad y revise sus prioridades. Su voz se quebró y
por impotencia preguntó ¿Por qué usted que ha estudiado tanto no puede
reconocer el desconsuelo de una madre?
Mis hijos no son premios de feria
pero su propia interpretación de la justicia parece ser el galardón a sus intereses
personales.
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